08/10/2016

Cómo entrenar la cabeza: fuera la tecnología

Entrenar para la maratón significa preparar la musculatura y la potencia cardíaca y pulmonar para conseguir aguantar la maratón. Pero según mi punto de vista, también significa entrenar la cabeza, es decir, la fuerza de voluntad para aguantar.

Estoy bastante convencido que la mayoría de gente que entrena y hace medias maratones podría hacer la maratón. Muscularmente, cardiovascularmente, están preparados. Pero no lo están a nivel psicológico: creen que no pueden y, lógicamente, no pueden.

Por eso, se entrena medias distancias de forma asidua para irse preparando. Esto quiere decir que si antes se conformaban con hacer 10 o 12 km y sólo muy de vez en cuando acercarse a los 20, ahora habrá que hacer salidas de 20 km cada semana, o incluso más. ¿No pueden? Sí. Pero en realidad “no quieren” porque no se creen capaces.

Pienso que es clave entender que si no entrenamos la cabeza, el día D no estaremos preparados. Y la tecnología facilita las cosas pero tal vez valga la pena volver al esfuerzo sin tanta ayuda técnica porque cuando las cosas vayan mal, no nos harán acabar la carrera.

¿Cómo entreno yo? Pues sin demasiadas complicaciones: haga calor o frío, nieve, lluvia o viento, salgo igualmente. Camiseta, pantaloncitos, calcetines y vambas. Nada más. En verano tal vez añada una cinta absorbente en la cabeza para el sudor. En invierno una segunda camiseta. Por la noche, una linterna frontal. Ni móvil, ni música, ni cuentaquilómetros, ni cuentapulsaciones, ni GPS, ni xándal, ni guantes, ni ropa térmica, ni paravientos, ni perneras, ni gafas de sol, ni crema de sol, ni geles, ni cantimplora, ni… Salgo y corro. Con molestias, con dolor, con frío o con calor.

Antes de salir, caliento. ¿Cómo? Nada de pequeñas carreras o saltos o gimnasia o “postureo”: flexiones. No hay nada mejor para calentar que hacer 70 o 80 flexiones. Y ala, fuera. Los primeros 4 o 5 km noto todo tipo de dolores. La piernas están agarrotadas, las articulaciones crujen, los dolores o restos de lesiones, si las hay, se hacen notorios, no se pueden negar. Cuando hace frío, mientras salto placas de hielo, los puños se cierran con fuerza buscando generar calor en el interior del puño mientras el exterior aguanta las inclemencias del frío. Cuando llueve, la camiseta se empapa de agua y el frío quiera penetrar, mientras las vambas se cargan de peso y van haciendo chap chap a cada paso. Pero pasados estos 4 o 5 km ya me he olvidado de todo: las articulaciones ya se han calentado y no crujen, los dolores se han olvidado, los puños se abren, el cuerpo no nota el frío de la camiseta empapada en los casos de lluvia. Es cuando empiezo a disfrutar. Esto explica por qué no hago nunca menos de 10 km; si hiciera 5 o 6 sólo experimentaría el sufrimiento y no disfrutaría. Excepto si corro con Atena que, a menudo, consiste en una vuelta por los espectaculares paisajes del pueblo, campos, bosques, montañas, riachuelos, masías, castillo e iglesia románica incluídos, en sólo 6 km asfaltados y sin tráfico motorizado.

Pero como decía, no necesito gran cosa para salir. Y, en todo caso, me miro el lado épico de la situación, no por el lado negativo. Si hace frío o llueve o me duele algo o estoy medio lesionado, pues pienso que me hará más fuerte. Retirarme o renunciar a correr ante el mal tiempo o los dolores o cualquier problema no es superar los problemas. Y la maratón va de esto: es un reto, una exigencia máxima, una situación per se que nos pone a prueba, al límite. Si nos entrenamos a retirarnos, ¿cómo lo podremos encarar? Así pues, como los Marines de la US Navy, “retirada, y un cuerno!”

Pero aún hay más. Si conseguimos romper la pereza o encarar los entrenamientos en situaciones complicadas con ropa térmica, aislante, con música, bebidas isotónicas… Ok, la tecnología ayuda. Pero, ¿qué pasa con nuestro entrenamiento psicológico? ¿Qué pasa cuando se corre una maratón? Aparece un dolor, el clima no acompaña, el cansancio dinamita la moral… y entonces no hay móvil que nos salve, no se corre con una térmica o con gafas de sol a la moda, se corre con las piernas, el corazón, los pulmones, la cabeza. Cuando ponemos el cuerpo al límite, que es de lo que se trata en este tipo de pruebas, o tenemos la cabeza entrenada para superar estos “límites” o nos hundiremos y la tecnología sólo habrá servido para engañarnos durante los largos períodos de entrenamientos.

¿Qué problema hay en correr con los propios pensamientos? ¿No es suficientemente entretenido contemplar el paisaje, saltar piedras o charcos, dejar flotar la imaginación? Cuando el dolor o el cansancio se hacen agudos, ¿qué pensamos? ¿Cómo lo superamos? Si estamos entrenados a ello, continuaremos adelante. Si no, lo más probable es que nos hundamos porque la música nos puede despistar un poco pero tarde o temprano los dolores o la fatiga o la deshidratación se hacen importantes. Y no digamos los cuentaquilómetros o el cuentapulsaciones o el GPS. ¿De qué sirve saber dónde estamos exactamente, cuántos km llevamos o a cuánto va nuestro corazón si no podemos en el alma? O peor aún, ¿y si creemos que no podemos?

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