Maratón de Atenas, ¡la Auténtica!

15/11/2016

Después de hacer el maratón de Atenas pienso que tendría que convertirse en una cita ineludible para cualquier maratoniano.

 Hay maratones importantes, los hay de muy especiales, casi míticos, pero sólo hay uno de original, de auténtico: el Maratón de Atenas. Mejor dicho, el que va desde la playa de Marathon a la ciudad de Atenas siguiendo el camino original que hizo Filípides hace 2506 años después de ganar la batalla contra los persas, bajo el calor asfixiante del verano griego, superando los desniveles de la orografía montañosa típica de toda la península helénica, para llegar a tiempo de avisar a la población de Atenas que habían ganado y caer fulminado después del descomunal esfuerzo. 

En una época en que nadie entrenaba para tan largas distancias, no había ser humano capaz de superar 42 km 195 m y sobreviviese, pero ahora estamos entrenados y, a pesar de todo, sigue siendo un maratón muy duro. Aquí no se viene a hacer ningún récord. Esto queda para maratones llanos como los de Berlín, Londres o NY, pero no aquí. Aquí se viene a descubrir el auténtico espíritu del maratón: luchar hasta el final. Más aún si se pretende hacer en equipo de silla de ruedas y corredor; hacer las cuestas te dejan clavado y se hace inevitable revivir las sensaciones y el esfuerzo de Filípides. Pero a su vez, el espíritu de todos los participantes es más legendario que en ningún otro lugar. El ambiente, la mitología se respira, se palpa, se siente desde los días anteriores a la carrera. La historia y la leyenda son presentes en toda la ciudad, en cada detalle. Desde la estatua de Atenea Niké (la Atena victoriosa) delante del estadio de Marathon, al mismo estadio donde todo el mundo calienta, se relaja, hace sus necesidades, come, se hidrata, se estira... Pero también en cada curva, en cada cuesta arriba o abajo, en cada olivo o roca del paisaje cuando se puede levantar la vista para contemplar el paisaje. Y la entrada a la ciudad resulta apoteósica. La gente loando el esfuerzo de los héroes, aplaudiendo la buena notícia de los que acabarán la gesta, hasta que de pronto se entra al estadio Panathinaiko, un estadio hecho tal y como eran los estadios hace 2500 años, en forma de U alargada donde se acaban de recorrer los últimos metros bajo el aplauso del público. Un estadio reconstruido para los primeros juegos olímpicos modernos en 1896, hace 120 años, y reconstruido con mármol original dando un aspecto de autenticidad blanca que magnifican el final de la carrera.

Y todo esto lo hemos podido disfrutar el Team Atena. Desde el disparo de salida hemos avanzado posiciones, haciendo zig zag entre corredores. Muchos nos aplaudían extrañados de ver un tándem discapacidad-corredor entre ellos, pero admirándolo y reconociéndolo. Hasta que hemos llegado a un grupo que corría a un ritmo similar al nuestro. Pero pronto esto del ritmo se hizo relativo: en las zonas llanas o en semibajada podíamos avanzar a muchos, en las cuestas períamos el ritmo y nos quedábamos clavados. Entonces muchos corredores nos avanzaban a nosotros y nos volvíamos a saludar. Pero algunos decidían ayudarnos y empujaban la silla un tramo. Estas ayudas eran del todo inestimables: un verdadero gesto de solidaridad muy agradecido por nosotros. Desde aquí un abrazo a George, por ejemplo, un griego que nos ayudó en bastantes tramos porque nos lo íbamos encontrando: en cada rellano, nos escapábamos, en cada cuesta nos atrapaba y nos ayudaba. Y ya digo que no era el único. De hecho, el recorrido, entre el km 10 y el 32 era dominado por largas subidas que hacían de este maratón una prueba especialmente agotador.

Y és que todos los maratones tienen su historia, su aventura. En esta ocasión la salud acompañaba perfectamente. De la épica y la motivación ni siquiera hay que hablar. Pero la dificultad añadida apareció en forma de pinchazo en la rueda. Efectivamente, en el km 29 notamos que la rueda ya no tenía aire y el pneumático deshinchado ya casi no protegía la llanta. Paramos en una gasolinera para hincharla pero no había nada que hacer. Y no teníamos kid de reparación. Parar o seguir, ese fue el dilema. Ya habíamos visto algunos corredores parados esperando al bus "escoba". Porque estando fuera de Atenas aún no había ninguna otra opción que continuar o esperar al bus "escoba". Pero la verdad es qeu el debate no duró ni dos segundos. ¡Esto es el auténtico Marathon! Hay que decir que habíamos visto muchas camisetas en las tiendas turísticas de Atenas con el famoso grito de Leónidas en la película 300 cuando patea al mensajero persa diciendo "¡esto es Esparta!" Y bien, no era Esparta, dónde estábamos, sino entre Marathon y Atenas, con el espíritu muy alto y las ganas de acabar como fuese intactas. 

Y esto hicimos: corrimos los últimos 13 km con la rueda pinchada, haciendo clonc, clonc, Atena aguantando el dolor de espalda que le provocaba el desequilibrio en la silla y el clonc clonc, y yo agotando las últimas fuerzas empujando una silla frenada por el pneumático pinchado y una trentena de km ya recorridos bajo un sol de justicia y unas cuestas casimortales.

Y sí, ya lo hemos dicho antes. La entrada al estadio fue absolutamente impresionante. No hay nada como rememorar los atletas de los primieros juegos olímpicos de hace dos milenios y medio y acabar la carrera con la euforia de mi hija a flor de piel, en su mirada, en su sonrisa. 3 h y tres cuartos fueron para mi un magnífico tiempo y no vale la pena hacer historia contrafactual, no vale preguntarse qué habríamos tardado si no hubiésemos pinchado. Sencillamente fue lo que fue, cada maratón es un mundo por sí mismo, una experiencia de esfuerzo supremo y felicidad irrepetible, y nadie nos podrá quitar lo que hemos vivido ni la sonrisa de satisfacción por otro reto cumplido. ¡Y vaya reto!