05/05/2016

Maratón de Barcelona '16

Poder hacer la maratón de Barcelona con mi hija, Atena, fue una experiencia maravillosa. Ya en la salida, la preparación de los “equipos” alrededor de los discapacitados físicos transmitía un buen rollo alentador...

Grupos de 10 o 12 personas uniformados, de buen humor, preparados y organizados para hacer relieves y así poder llevar hasta la meta un solo miembro del grupo, el que iba en silla de ruedas, es del todo loable: qué solidaridad! Todos para uno y uno para todos. Nunca mejor dicho. Y cuando vieron que nosotros íbamos solos, extrañados, nos ofrecieron su ayuda. Genial.

Pero la verdad es que con el disparo de salida nos pusimos al frente y fuimos acelerando para alcanzar un padre que llevaba dos hijos en un cochecito y que había salido por delante nuestro y ya nos llevaba ventaja. El ritmo era sostenible aun a pesar del esfuerzo para ponernos primeros y, una vez alcanzado este pequeño objetivo, fuimos “abriendo” la carrera. Efectivamente, éramos los primeros y es toda una sensación curiosa: nadie por delante, todo el mundo animándonos. Exacto, todo el mundo nos jaleaba y nos llamaba por nuestro nombre. Entonces me di cuenta que llevábamos el nombre en el dorsal y éste pegado en el abdomen de manera que todo el mundo podía “conocernos”. Y cuánta alegría, qué proximidad, que calor, cuántos ánimos nos llegaban de todos lados.


 En esos momentos vi que Atena era la gran estrella, era la protagonista. Por primera vez, la gente, en lugar de apartar la vista, incómodos ante una niña discapacitada, la miraban con admiración, y así se lo hacían saber.


Siete u ocho quilómetros pudimos disfrutar del primer lugar de la carrera. A partir de entonces nos empezaron a adelantar corredores, los más rápidos primero, los segundos más rápidos después. Y también nos animaban, valoraban nuestro esfuerzo, se preocupaban especialmente por Atena y por su lucha personal, una lucha que va mucho más lejos que completar una carrera, una lucha que vive cada día, desde el momento en que pone los pies en el suelo y descubre que no puede caminar normal y corriente, un lucha que es la de su vida.

Y aquí es donde quiero ir a parar. Acabar la maratón es el objetivo de la misma carrera, como Filípides: llegar a la meta lo es todo.


 Sea corriendo, sea andando, sea en silla: la meta es llegar, el placer ha de estar en hacerla, en vivirla.


Acabar con un buen tiempo, llena de orgullo, espatarra a los corredores menos en forma. Decir que hacía casi 30 años que no corría la maratón y que he vuelto a hacerla por Atena o decir que lo he hecho a pesar de la prescripción médica en contra por el hecho de haberme extirpado el menisco solo es rebuscar en pequeñeces para hacer más heroica nuestra carrera. En realidad nada podrá esconder la importancia que fue para Atena la vivencia de una jornada muy pero que muy especial, muy pero que muy emotiva.


 Y esto es el todo: la felicidad de una hija, de mi hija, de una niña discapacitada desde los 12 años a resultas de la enésima operación de columna.


Y con ella y con nuestra participación en la maratón de Barcelona se pone de manifiesto que no todo el mundo tiene suerte en la vida. Y no hablamos de ganar un dinero en la lotería, hablamos de salud que, realmente, resulta ser lo más importante en la vida de cualquier persona. Desgraciadamente solo nos damos cuenta cuando ésta nos falta. Pero, ¿cómo ha de sentirse ella, Atena? ¿Ella que desde que nació ha vivido con graves problemas de salud, ella que ha convivido con disfuncionalidades, múltiples intervenciones quirúrgicas, complicaciones, problemas irresolubles…? ¿Ella que, de ir en bici y caminar con normalidad, un día entra en el hospital pensando que le arreglarán la cifoescoliosis aguda que sufre y sale del mismo con una parálisis irreversible en las piernas? ¿Cómo tiene que asumir? ¿Cómo no deprimirse? Sólo tenía 12 años y el futuro que le depara es en una silla de ruedas, sin autonomía, sin posibilidad de experimentar las cosas que otros que ni valoran la suerte que tienen sí pueden.

Y es aquí donde nuestra carrera tiene sentido: por primera vez, desde que quedó postrada en la silla, las personas que la veían se daban cuenta de su proeza, de su esfuerzo por vivir experiencias como las de los no discapacitados. Y su carrera es la de todos los discapacitados: no todo el mundo puede caminar, no todo el mundo puede correr, pero todo el mundo merece ser feliz, todo el mundo merece tener salud.


 Todos somos Atena, una persona que lucha el día a día, que se enfrenta a las desgracias más dolorosas, capaz de construir su propia felicidad.


Tal vez no podamos cambiar la discapacidad, pero sí podemos cambiar nuestra manera de vivirla.