Maratón de Palma de Mallorca 2017

22/10/2017

Parece que por haber hecho varios maratones, sea fácil...

Parece que por haber hecho varios maratones, sea fácil. Cuando anuncias que harás otro más, tiendes a quitarle importancia, como si, ya veteranos, sabemos dosificarnos, como aguantar... Pero si bien todos los maratones son distintos, la única constante es que todos, todos, son durísimos. En algún momento u otro, el cuerpo no puede más. Y entonces piensas, será el último que haré. No nos damos cuenta del esfuerzo hercúleo que significa hasta que estamos bien metidos en el fregado, intentando continuar adelante mientras notamos que las piernas están tiesas, los pulmones no ventilan bien, la espalda se queja de dolor, la cabeza está prácticamente vacía… Días antes de la carrera casi que frivolizamos: una más, ningún problema. Y en plena carrera parece mentida que volvamos a estar en un maratón.

Y es que el esfuerzo siempre es monumental. Siempre al máximo de nuestras fuerzas, al máximo del ritmo que podemos dar, sea cuál sea éste, sea quien sea el corredor. Todos los maratonianos se esfuerzan para mantener su ritmo hasta el final y, tarde o temprano, el cuerpo dice que no puede más, pero… se aguanta, tal vez con algún descanso, tal vez reduciendo el ritmo, de lo que se trata es de acabar.

De hecho, esta vez, cuando ya no quedaban fuerzas pero aún faltaban 4 o 5 km para terminar, el pensamiento que se nos impuso fue, precisamente, “tranquilo, no es que ‘hoy” estés muerto como si fuese un día extraño, siempre es igual, llegados a este punto parece imposible acabar, siempre igual de triturado y, aún así, los acabamos, medio muertos pero los acabamos como sea”.

Efectivamente, el pasado domingo hicimos la Palma de Mallorca Maratón y nos volvimos a encontrar, de nuevo, con esta lucha por acabar. Un maratón que daba dos vueltas a un recorrido la mitad del cuál era un rompepiernas por el casco antiguo de la ciudad, con empedrados, curvas, cuestas que hacían muy difícil de superar empujando la silla de ruedas. En cuanto nos encontramos con esto, ipso facto descartamos hacer marca personal: sencillamente empujar a Atena por allí significa un sobre esfuerzo y una reducción del ritmo que no permiten ganar minutos al cronómetro.

Sin embargo, el problema fue muy agravado por la temperatura: 32 grados. Y una humedad de más del 90%. Se entiende que no se hagan maratones en verano: las altas temperaturas significan una deshidratación que acaba por pagarse sí o sí. Los músculos se quedan secos y duros, el estómago no acepta más agua, el agua no se digiere lo bastante rápido…

Si bien la primera vuelta la completamos en 1 h 38 minutos, para la segunda tardamos quince minutos más. Al final, poco más de 3 h y media. Pero con una alegría inmensa, emocionados, otra vez, sabiendo que habíamos ganado, porque la victoria es llegar a la meta, y te emocionas descubriendo que, lo que los días anteriores minimizabas, ha sido titánico, ha sido una victoria de la fuerza de voluntad sobre las limitaciones del cuerpo. Y es que el maratón es el maratón: una carrera que supera la capacidad de resistencia del cuerpo.