Maratón de Zaragoza

26/09/2016

El fin de semana empezó bastante mal. La noche del viernes al sábado la pasé con fiebre, moqueando y estornudando.

A la mañana siguiente, débil, con dolor de garganta y sinusitis por la cantidad de mocos acumulados en la nariz, no tenía nada claro si teníamos que viajar a Zaragoza. 24 horas después no nos esperaba una pachanga de futbol con amigos ni una carrera de tres o cuatro quilómetros, sino los 42 de la maratón de Zaragoza. Una prueba en mayúsculas, una prueba que no admite especulaciones. Cuando se supera el ecuador, viene lo peor: deshidratación, falta de glucosa, piernas que ya sufren lo suyo, organismo que busca energía en las reservas de grasa o proteínas porque ya ha liquidado los carbohidratos… Si el cuerpo sufre décimas, sinusitis o debilidad general, no es pensable superar el muro de los 30 km.

Obviamente empecé a medicarme: antibiótico, antitérmico, anti-dolor de garganta, pañuelos. Y no tan obviamente, decidimos ir igualmente a Zaragoza. No sé si porque ya estaba pagado o porque pensamos que en 24 horas se podía arreglar alguna cosa.

Una vez en Zaragoza, el día se hizo largo. El cansancio por el viaje o por los paseos por la ciudad no hacían pronosticar un buen mañana. Pero Atena estaba contenta y unos parientes y los Boski, amigos de la infancia que también querían hacer la maratón, nos hicieron pasar el día con muy buen humor.

La noche del sábado al domingo fue buena; la medicación iba haciendo su trabajo. Pero de buena mañana aún tuve que debatirme qué narices hacer. Atena, comprensiva como siempre, me dijo que si no la hacíamos, no pasaba nada. Al final, la decisión fue “patada a seguir”, como decía un entrenador de fútbol que habíamos tenido Boski y yo de pequeños. Es decir, iríamos a la Salida y veríamos qué tal allí mismo. Si estaba bien, empezaría a correr. Si llegábamos al km 10, nos preguntaríamos qué hacer, si continuar o retirarnos. Y así, paso a paso. Esta sería la estrategia.

A la Salida nos encontramos acompañados con dos personas más que iban en bicicletas adaptadas para poderlas accionar con las manos. Nos deseamos lo mejor e hicimos la salida animados por el público.

Los km iban pasando pero no me encontraba bien. La nariz tapada, me ahogaba, me iba sonando con pañuelos, respiraba por la boca… Dolor de barriga, ganas de ir al baño, necesidad de sacar gases… Los corredores empezaron a adelantarnos en seguida. Las liebres de las 3 h, de las 3 h:15’, de las 3h:30’ también. ¡Qué desastre! Dos meses entrenando duramente para acabar derrotados por un constipado justo el fin de semana del día D.

A pesar de las malas sensaciones y a pesar de ver que los corredores que se supone que iban a un ritmo inferior al nuestro en condiciones normales, pasamos por el km 10 en 47 minutos. Sin embargo entonces no me hice ninguna pregunta, sencillamente me concentraba en aguantar un poco más, me preguntaba si parando a hacer pipí me sentiría mejor y buscaba un baño. Pero no encontrábamos ninguno. Parece ser que en esta maratón no había, o al menos yo no los veía. Además, aquellos tramos hacían cuesta arriba. Encorvado para empujar más con el peso de mi espalda que con la fuerza de los brazos, me encontraba lento y pesado.

En un momento dado, me paré e hice mis necesidades en un arbusto pidiendo disculpas a un guardia municipal. Creo que lo entendió. Y luego se obró el milagro: reemprendimos la carrera y todos los males habían desaparecido. Aún no sé por qué. Las cuestas que quedaban las aguantamos dignamente y entonces vinieron bajadas y volamos casi literalmente. “¿Retirada? ¡Y un cuerno!” le dije a Atena emulando a los Marines, y su risa me transmitió tanta energía que enseguida atrapamos a la liebre de las 3h30’, y luego a la de las 3h15’, avanzando corredores y corredores, los cuales nos admiraban y nos animaban.

La media maratón la pasamos en 1h37’ y las sensaciones eran magníficas. Continuamos corriendo, atravesando la ciudad, los parques, los puentes sobre el Ebro, animados por corredores y público, animados por los grupos de animación de la organización y por los que estaban en los puntos de avituallamiento. Animados por los tíos y primos de Atena que nos vinieron a ver, por la familia Boski enfundada con la camiseta de Team Atena. Y así hasta prácticamente el km 40. Entonces las fuerzas ya se acababan pero quedaba poco. Nos atrapó la liebre de las 3h15’ pero ya lo teníamos a tocar y así fue. La entrada en la Meta fue genial, la gente gritando, la emoción por un nuevo reto conseguido, poderme mirar al espejo y decirme que, ni fiebre ni constipado, lo habíamos vuelto a hacer, habíamos vuelto a acabar, en 3h16’, y especialmente, muy especialmente, con la alegría más generosa y franca que nunca se puede percibir en una persona tan generosa y luchadora como Atena. I es que, tal y como nos dijo un buen hombre en plena carrera, el motor del equip, del Team Atena, es Atena, es ella quien hace posible la carrera.