19/06/2016

Maratón San Fermín de Pamplona

Ayer fuimos a hacer la maratón de Pamplona y fue absolutamente épica. El lema de la maratón es acabarla sea como sea, con independencia del tiempo que se haga. Lo importante es acabarla. Y así fue.

La organización, un diez en todo lo que hicieron y en el trato que nos dispensron en todo momento, ya nos había advertido de las grandes dificultades del trazado para una silla de ruedas. Amigos navarros también habían ido a explorar el terreno e incluso nos habían enviado imágenes que demostraban sus dificultades. La mayor parte del recorrido es sobre un pìso bastante impracticable para las sillas de ruedas: adoquines, asfalto rugoso, caminos de tierra, grava. Incluso una cuesta de unos 200 metros, el Portal de Francia, tan empinada que incluso los corredores que no empujaban ninguna silla tenían que hacerla andando. Querer hacer la maratón de Pamplona con una silla de ruedas sólo se entiende por la ilusión y la terquedad, haciendo caso omiso todas las advertencias. 

Y el resultado fue una desesperada lucha para llegar a la meta como único objetivo de la noche. Y eso que había empezado bien: la primera mitad de la maratón la habíamos hecho a buen ritmo: 1h33min. Pero este buen ritmo fue, tal vez, otro típico error de novato en competiciones. Intentaremos aprender a valorar mejor las dificultades y a dosificar los esfuerzos. El caso es que la segunda vuelta se convirtió en un infierno. El esfuerzo realizado en la primera vuelta para mantener un ritmo "normal" a pesar del mal terreno que pisábamos, a pesar de tener que levantar la silla sobre las ruedas traseras para superar botes y rugosidades en más de la mitad del recorrido, a pesar de un esfuerzo inconsciente para superar el freno que el terreno provocaba, vació el depósito de energía. Y hacia el km 34 el cuerpo senzillamente se quedó sin y dijo basta. El cerebro solo maldecía y temía el recorrido que aún quedaba y tomaba la decisión más sensata: abandonar. La prueba había superado los límites de nuestras capacidades. Las piernas agarrotadas no podían hacer una paso más. Los pulmones no ventilaban suficientemente y no había recuperación posible de la asfixia. El corazón estaba a punto de petar. Había que aceptar la realidad y coger un taxi y volver al hotel. Y sí, ya estaba parado. Ya no corría. Necesitaba aire.

Entonces Atena me dijo: tranquilo, si no hacemos récord, no pasa nada.

Y sí, estábamos allá por ella. Nos habíamos metido en esta prueba imposible para seguir luchando por todo, no solo por llegar a una meta. Y mientras bebía agua, comía fruta, llenaba los pulmones de oxígeno, empezamos a hablar de Filípides. ¿Cómo se puede hacer una maratón sin estar entrenado y después de una batalla con los persas? Pero la hizo. Y se murió al llegar, me recordó Atena. Pero la terminó. Quedaban 8 km. Hacerlos a pie quería decir dos horas más. Pero a Atena tanto le deba. Como si eran tres horas... Y... ¿ya estábamos pensando en continuar? No habíamos quedado en que no había nada que hacer?

Me acordé de Terminator cuando, ya destruido, buscaba una fuente alternativa de energía. Y algo similar debió de pasar ya que, después de un rato buscando alguna razón para continuar, reemprendimos la marcha, suavemente, volviendo a andar cuando el terreno se volvía imposible, pero adelante, sin dudar ya de si acabar o no. Muchos corredores nos pasaban y nos animaban. Atena, agradecida, se daba cuenta de lo que hacíamos: un imposible. Pero si no hubiese estado por ella, yo no habría dado un paso más. 

En la cuesta del Portal de Francia un joven espectador nos ayudó subiendo a Atena hasta arriba y, una vez allí, ya en el casco viejo de Pamplona, a sólo un km de la meta, un gran gentío nos hizo ir al esprint con su aliento y sus ánimos y sus vítores de alegria. Fue grandioso, Atena saludando a todo el mundo, contenta como unas pascuas y yo, misterios de la ciencia, podía correr como si fuese el primer km. Y la entrada en la plaza de toros, allá donde hacen los "encierros", fue preciosa con el resto del Team Atena esperándonos y abrazándonos. E incluso la organización le regaló el ramo del campeón de la maratón a Atena. Gracias campeón! Todo un detalle. Y yo me emocioné porque, sencillamente o no tan sencillamente, habíamos llegado. Tal vez más maltrecho que nunca, pero por eso mismo, con más épica que nunca.

I es que, a veces, lo imposible se vuelve posible.